- El tramo que une la estación de Atocha con la Plaza de Cibeles concentra una de las densidades pictóricas más elevadas del planeta. Sin embargo, antes de albergar las obras de Velázquez, Picasso o Rothko, las sedes que componen el Triángulo del Arte de Madrid —el Museo del Prado, el Museo Reina Sofía y el Museo Thyssen-Bornemisza— sirvieron a fines radicalmente ajenos al mundo de las bellas artes.
- De gabinete científico a hospital general y de palacio nobiliario a pinacoteca, así se transformaron estos tres edificios icónicos de la capital.
1. Museo del Prado: del sueño ilustrado a templo de la pintura
El edificio diseñado por el arquitecto Juan de Villanueva en 1785 es una de las máximas expresiones del neoclásico español. No obstante, en su concepción original no figuraba la idea de colgar cuadros en sus paredes.
Paseo del Prado, s/n
Diseño original: Juan de Villanueva (1785)
Apertura como Museo: 1819
De Gabinete de Ciencias a Pinacoteca Real
El rey Carlos III, imbuido por el espíritu de la Ilustración, ordenó la construcción del inmueble para albergar el Gabinete de Historia Natural y la Academia de Ciencias. La invasión napoleónica interrumpió el proyecto: las tropas francesas utilizaron el edificio a medio terminar como cuartel y establo, llegando a fundir el plomo de las cubiertas para fabricar proyectiles.
Tras la Guerra de la Independencia, fue la reina María Isabel de Braganza, segunda esposa de Fernando VII, quien impulsó la recuperación del inmueble, convencida del valor de destinarlo a un Real Museo de Pinturas para exhibir las colecciones de la Corona. El museo abrió finalmente sus puertas en 1819 con apenas 311 obras expuestas, todas de autores españoles.
Curiosidad histórica: Durante la Guerra Civil Española (1936-1939), el artista Pablo Picasso fue nombrado nominalmente Director del Museo del Prado por el Gobierno de la República, aunque nunca llegó a tomar posesión física del cargo en Madrid ni a ejercer desde la capital.
2. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía: de sanatorio barroco a sede de la vanguardia
La mole de piedra y ladrillo que preside la glorieta de Carlos V nació bajo el signo de la medicina y la beneficencia, siendo durante siglos el gran centro hospitalario de la villa.
Calle de Santa Isabel, 52
Diseño original: José de Hermosilla / Francisco Sabatini (S. XVIII)
Apertura como Museo: 1992
El Gran Hospital General de Madrid
El rey Carlos III promovió la construcción de un monumental edificio para unificar los pequeños hospitales dispersos por la ciudad. El proyecto encargó a Francisco Sabatini la creación de un complejo hospitalario neoclásico. Tras la muerte del arquitecto en 1797, solo se había levantado una tercera parte del plano original.
Durante casi dos siglos funcionó como Hospital General de Madrid, hasta que cerró sus puertas en 1969. Tras años de abandono en los que se sopesó su demolición, el edificio fue declarado Monumento Histórico-Artístico en 1977. En 1980 comenzaron las obras de restauración dirigidas por Antonio Vázquez de Castro y Luis Íñiguez de Onzoño. En 1992, bajo el diseño arquitectónico definitivo que incorporó las célebres torres de ascensores de cristal (obra del británico Ian Ritchie), abrió oficialmente sus puertas como Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía para alojar el arte contemporáneo.
Curiosidad histórica: Durante las obras de remodelación del edificio en la década de 1980, los obreros hallaron bajo la zona del antiguo hospital restos óseos de pacientes enterrados en los siglos XVIII y XIX, así como cadenetas y rosarios, lo que dio pie a numerosas leyendas urbanas sobre la presencia de fantasmas entre el personal de seguridad del museo.
3. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza: de residencia aristocrática a refugio de una colección privada
El Palacio de Villahermosa representa la elegancia de la arquitectura residencial palaciega madrileña de principios del siglo XIX.
Paseo del Prado, 8
Diseño original: Antonio López Aguado (1805)
Apertura como Museo: 1992
El esplendor nobiliario del Palacio de Villahermosa
Situado en la esquina del Paseo del Prado con la Carrera de San Jerónimo, el palacio fue transformado radicalmente a comienzos del siglo XIX por el arquitecto Antonio López Aguado (discípulo de Juan de Villanueva) para los duques de Villahermosa. Durante décadas, el palacio se convirtió en uno de los centros sociales y culturales más influyentes del Madrid romántico, acogiendo recitales de piano de Franz Liszt o banquetes de la alta sociedad.
A lo largo del siglo XX, el edificio perdió su uso residencial y llegó a albergar la sede central del Banco López Quesada. Tras su quiebra, el Estado adquirió el inmueble para destinarlo a uso cultural. Cuando la colección del barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza buscaba una sede definitiva en Europa, España ofreció este enclave.
El prestigioso arquitecto Rafael Moneo fue el encargado de reformar el palacio entre 1990 y 1992. Moneo vació el interior manteniendo intactas las fachadas neoclásicas, diseñando una serie de salas luminosas organizadas alrededor de un gran patio central. El museo se inauguró en octubre de 1992, completando así el circuito del Paseo del Arte.
Curiosidad histórica: Rafael Moneo orientó el acceso principal del museo invirtiendo el sentido original del palacio: trasladó la entrada a la calle Zorrilla (a través de un jardín interior) para que los visitantes no entraran directamente por la ruidosa Carrera de San Jerónimo, creando un espacio de transición y calma antes de la contemplación artística.





