El asesinato más importante de la Historia

¿Qué sabemos acerca de la ejecución de Jesús de Nazaret?

Texto de Tito Vivas, Director General de HISTÓRICA Sociedad Cultural de Viajes y Expediciones.

A lo largo de los tiempos, la humanidad ha discutido sobre la existencia de Jesús y su doble naturaleza. En nombre de una y otra se han vertido ríos de tinta, de llanto e, incluso, de sangre. Pero a la luz de todos aquellos descubrimientos que podrían probar la existencia del Jesús histórico, la realidad que nos encontramos es más trágica de lo que, a priori, se nos ha contado. Es difícil corroborar si Jesús nació y vivió como cualquier otro hombre o si, por el contrario, lo hizo como un ser divino dotado de cualidades excepcionales. Pero no cabe duda de que lo realmente inhumano fue su muerte. Su injusto juicio, su brutal tortura y su terrible ejecución lo convirtieron en todo aquello que la Historia ha transmitido. Tal vez, si Jesús hubiera fallecido de forma diferente, se habría escrito una historia bien distinta.

Vista de Jerusalén

Vista de Jerusalén

Debían de ser las diez de la mañana. Había comenzado mi caminata en la Ciudad Vieja de Jerusalén entrando por la Puerta de Herodes, una de las menos turísticas de la muralla. Descendí hasta el lugar del inicio del viacrucis, el camino jalonado por los diferentes momentos vividos por Jesús desde que fue aprehendido hasta su crucifixión y sepultura. A la altura de la primera estación, donde Jesús es condenado a muerte por el prefecto de Roma, según el directorio franciscano, me adentré en el Convento de las Hermanas de Sion. Este edificio fue construido por el P. Marie-Alphonse Ratisbone, sobre el solar adquirido en 1857. En su subsuelo, este convento alberga varios registros arqueológicos de importancia innegable, aunque su interpretación a veces carece de una base sólida. Siempre relacionados, eso sí, con la Fortaleza Antonia, la guarnición militar construida por Herodes el Grande en el extremo oriental de la muralla de la ciudad (la segunda muralla), al noreste de la explanada del Templo. En las diferentes campañas arqueológicas que se llevaron a cabo en el Convento de las Hermanas de Sion y en el contiguo convento franciscano (1858-1860, 1889, 1990, 1931-1933), salieron a la luz, entre otras lindezas de la historia de la ciudad, varias losas romanas, datadas en el siglo I d.C. El hallazgo se identificó como la Gábata, conocido también bajo de-signación griega como Lithostrotos, el emplazamiento preciso donde Poncio Pilatos dictó la sentencia de Jesús. Aparece mencionado solamente en el Evangelio de Juan: “Hizo salir a Jesús, y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Empedrado (Lithostrotos), en hebreo Gábata”. (Juan, 19:13) Algunos de estos bloques mostraban estrías talladas, supuestamente para impedir que resbalaran los animales. Pero otros bloques, considerados parte del interior de la fortaleza, donde se acuartelaban las tropas romanas en tiempos convulsos como los vividos durante la celebración de aquella última Pascua de Jesús, mostraban otros símbolos diferentes, también tallados en el histórico pavimento. Ante ellos me encontraba yo, sumido en una profunda reflexión. ¿Eran aquellos símbolos prueba fehaciente de que me hallaba en el lugar exacto en el que Jesús fue condenado a muerte? ¿Explicaban esas formas los motivos del sufrimiento de Jesús y el desarrollo de su cruel tortura?

El Juego del Rey

Símbolos del “Juego del Rey” sobre los bloques del Lithostrotos.

Símbolos del “Juego del Rey” sobre los bloques del Lithostrotos.

Los elementos que aparecen grabados en el bloque de piedra son claramente identificables, de trazo fino. Cincelados sobre el material como quien dibuja una rayuela de tiza en el suelo, previamente al juego y la diversión. En el centro, con mayor tamaño que los demás, predomina un círculo, dividido a través de rectos radios en ocho secciones de casi idéntico tamaño. Representa la corona de un rey; arriba y a su izquierda, tres cuadrados concéntricos generan una especie de tablero. El cuadrado mayor se divide en nueve celdas, esta vez irregulares. El interior, a su vez, se fragmenta en otras siete u ocho. Y el último cuadrado, el interior de menor tamaño, permanece completo. Sería el verdadero tablero de juego; bajo el círculo, se observa un cuerpo cilíndrico del que salen pequeñas líneas, que se ha identificado como un escorpión por el trazo curvo de lo que asemejaría la cola del animal. Era un símbolo de la legión; por último, en la parte inferior izquierda del bloque, se observa un nuevo círculo, de menos tamaño, y a su lado la letra mayúscula ‘B’, inicial de la palabra griega “basileus”, que significa rey. El conjunto se ha identificado, por tanto, como el llamado “Juego del Rey” romano. Por lo que sabemos, a este juego, que contaba con este tablero, se jugaba también con huesos de oveja a modo de dados. Pero la realidad era mucho más trágica que lo que aparenta este inocente “juego de mesa”: los soldados elegían de entre uno de los suyos, probablemente un nuevo, joven e inexperto recluta, al que iba a ser nombrado “rey”. Le facilitarían una capa, una corona, un cetro, y todos le rendirían homenaje en su pre-sencia. Pero a sus espaldas, durante el transcurso del día, los jugadores se estarían echando a suertes, a través del tablero, sus posesiones. Se quedaría con ellas aquel que, al final del día, consi-guiera darle muerte. Algo que va mucho más lejos de un simple ritual de iniciación y que pone de manifiesto la brutalidad de los legionarios de Roma. Con el tiempo, las autoridades romanas prohibieron la práctica de este juego. Tal vez lo hizo Pompeyo, o Julio César, Marco Antonio o el mismísimo Augusto en algunas de sus múltiples reformas que instauraron sobre el servicio militar de un legionario. Pero no se prohibió por crueldad, sino por la pérdida de buenos soldados que provocaba. Por eso, el juego mutó al uso de presos condenados. De esta forma, se convirtió en una práctica muy celebrada, por ejemplo, durante las Saturnales, unas importantes festividades romanas. Se las llegó a denominar “fiestas de los esclavos”, ya que durante las mismas los esclavos recibían raciones extras, tiempo libre y otras prebendas.

“…se le fabricó una burlona corona formada con puntiagudas espinas, se le ofreció un cetro de caña y fue insultado y golpeado…”

Esto, aplicado al Juego del Rey, terminaba con un prisionero condenado a muerte elegido para ser “el rey por un día”. Podía hacer lo que quisiera, pero al caer el sol, lo ejecutarían. No me fue difícil pues, en aquel escenario legado por la historia, imaginar el desarrollo de una escena protagonizada por el irónico destino: entra en la Torre Antonia un condenado, llamado Jesús, acusado de herejía y de haberse autoproclamado, contra todo fundamento, “Rey de los Judíos”. Y a partir de ahí, todo encaja a la perfección, ofreciendo paralelismos milimétricos entre el Juego del Rey y lo que cuentan los Evangelios: tras la flagelación se le impuso un manto púrpura (color de la realeza), se le fabricó una burlona corona formada con puntiagudas espinas, se le ofreció un cetro de caña y, sin dejar de ser vejado, insultado, golpeado o escupido, se le rindieron ficticios homenajes. Sus ropas fueron sorteadas mientras Jesús desfilaba, camino a su propia muerte, como un glorioso César por las avenidas de Roma. La cuestión es, ¿pudo haber sido real tanto sufrimiento? ¿Podría un ser humano soportar semejante castigo? La autopsia más importante de la Historia Habían pasado varios meses, años, desde aquella primera visita al Lithostrotos en Jerusalén. Pero la hora era la misma: en torno a las diez de la mañana. Sobre la mesita de aquella típica cafetería madrileña humeaba el café con leche de mi desayuno, mientras esperaba encontrarme con mi interlocutor, alguien que sabe mucho más que yo sobre la muerte de Jesús: el Dr. José Cabrera.

Entrada al Santo Sepulcro

Entrada al Santo Sepulcro

El Santo Sepulcro desde la cúpula.

El Santo Sepulcro desde la cúpula.

Durante alguno de mis muchos viajes a Tierra Santa, había leído (y releído) el breve y conciso texto del Dr. Cabrera acerca de Jesús de Nazareth. Se trata de un profundo ensayo que traza, en primer lugar, un perfil psicológico de la figura del Mesías, para terminar realizando un exhaustivo análisis forense, criminalístico, de su proceso condenatorio y ejecución, sin olvidarse de la importante autopsia. Se publicó con el título “CSI: Jesucristo, anatomía de una ejecución”. Lo que más me llamó la atención de aquella lectura fue una rotunda opinión, que más tarde escucharía al propio experto pronunciar en una de sus apariciones televisivas, y que también me corroboró durante nuestra primera charla: lo que aquel cuerpo debió de soportar, hace dos mil años, no fue humano. Aquellos azotes que le fueron administrados, desde los pies hasta la cabeza, fueron la antesala de una muerte inevitable. Trasladaron a Jesús a aquel lugar que a mí me había sobrecogido, lo despojaron de las vestimentas y, atado a un poste, fue brutalmente golpeado mediante el “flagrum taxillatum” o “flagelum“, un mango de madera corto del que colgaban varias tiras de cuero entrelazadas, con pequeñas bolas metálicas y cortantes y afilados huesos en sus extremos. “Cuando los soldados azotaban repetidamente y con todas sus fuerzas al reo, las bolas de hierro causaban profundas contusiones, y las tiras de cuero y los huesos desgarraban la piel, llegando con seguridad al tejido subcutáneo y creando múltiples heridas sangrantes”, opina el médico forense. Sin duda, el castigo dejaría a Jesús en estado de shock, a merced de la crueldad de las regias bromas a las que sería sometido a continuación. “El cuerpo de Jesús debió de quedar convertido en una pura llaga, lo que explica las múltiples caídas que posteriormente sufrió camino del Gólgota”.

Peregrinos arrodillados ante la piedra donde fue lavado el cuerpo de Jesús.

Peregrinos arrodillados ante la piedra donde fue lavado el cuerpo de Jesús.

Detalle de La Vía Dolorosa.

Detalle de La Vía Dolorosa.

Imagen de la condena de Jesús. Conjunto escultórico en la primera estación del Vía Crucis.

Imagen de la condena de Jesús. Conjunto escultórico en la primera estación del Vía Crucis.

El Dr. Cabrera parece no tener ninguna duda, y compartir la idea de que Jesús fue objeto de la burla que generaba aquel sádico juego que lo convirtió en un desgraciado rey a elección de los romanos. El Rey de los Judíos. Y eso fue lo que provocó algunos de los elementos diferenciadores de la muerte de Jesús, en comparación con otros reos comunes también condenados a muerte en la cruz. “Que le coronaron con una trenza o casco de espinas está recogido en todos los textos. Probablemente no sería con forma de aro, sino de casco, tal y como aparece en la Sábana Santa de Turín, ya que la cabeza es una de las partes del cuerpo más irrigada por la sangre. Seguramente debió de perder mucha sangre por esas heridas”. Igual opinión se desprende del texto que cita Mateo. “Y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña y después de escupirle, cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza. Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarle”. (Mateo, 27:29-30) Respecto al cetro, el Dr. Cabrera también tiene su opinión: “Probablemente se trataba de la Arundo Donax o caña común. Además, podemos presuponer que algunos de esos golpes estarían dirigidos a la cabeza, con lo que se ahondaría en las lesiones de las espinas”. Mientras la vida de Jesús se marchaba por sus heridas, le saludaban y hacían postraciones a sus pies (proskynesis), como si estuvieran ante el Emperador: “Y, acercándose a él, le decían: “Salve, rey de los judíos.” Y le daban bofetadas”. (Juan 19:3) Un viaje en busca de evidencias Pero aquellos símbolos grabados en aquel suelo perteneciente al siglo I d.C. no son las únicas evidencias que aportan luz sobre la muerte de Jesús. Otros hallazgos han desvelado algunos aspectos de la crucifixión, un método de ejecución que los romanos empleaban de forma habitual con esclavos, rebeldes al Imperio y enemigos especialmente odiados. Era una forma vergonzosa de morir, además de una de las más dolorosas. El objetivo de este castigo no era únicamente matar al condenado, sino también mutilar y deshonrar su cuerpo. “Los hallazgos del profesor Nicu Haas, antropólogo de la Escuela de Medicina Hebrea de Jerusalén, revelan la posibilidad de que los pies fueran clavados uno sobre otro, a través de los empeines, sino que fueron atravesados lateralmente por clavos a la altura de los talones”.

Lo cierto es que con el Dr. José Cabrera se podría estar horas debatiendo aspectos tan interesantes como éste y muchos otros que él ha descubierto a lo largo de sus investigaciones. Entonces me surge la idea y, sin control alguno, lanzo mi propuesta: ¿y si organizáramos un viaje en el que el Doctor Cabrera pudiera analizar todos los detalles in situ, allí, en el lugar donde acontecieron históricamente todos estos hechos? Su respuesta fue inmediata, y también su aceptación: “Ese no sería un viaje… sería EL viaje”. Pues ya lo tenemos todo preparado para marcharnos el próximo mes de diciembre, y catorce afortunados están a tiempo de acompañarnos.

 

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HISTÓRICA realiza el viaje a Israel y los Territorios Palestinos basado en la obra CSI: Jesucristo, del Dr. José Cabrera, acompañado por el autor.

 

 

 

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